ENTRAÑA-BLE

ENTRAÑA-BLE

 

Uno entra pensando que viene a ver una exposición.

 

Pero no.

 

Uno entra y lo primero que aparece es algo más incómodo: memoria.

 

No la memoria limpia.
No la que cuenta historias completas.

 

La otra.

 

La que regresa en fragmentos.

 

Una voz.
Una sombra.
Una frase.
La luz sobre una cara que ya no sabes reconstruir del todo.

 

En ENTRAÑA-BLE, Matilde Sánchez convierte el recuerdo en espacio habitable.

 

La casa aparece intervenida como si la memoria misma hubiera pasado por ahí: cubriendo, velando, distorsionando. Nada está completamente expuesto. Nada termina de ocultarse.

 

Como el amor cuando se acaba.

 

O peor:
como el amor cuando se acaba, pero sigue viviendo dentro.

 

Cada habitación contiene algo distinto. Un rastro. Un vestigio. Una herida. El eco de una intimidad que ya no existe en presente, pero insiste.

 

La obra no pide entenderse de inmediato.

 

Pide habitarse.

 

Caminarla.
Sentirla.
Recordar algo propio.

 

Porque tarde o temprano ocurre.

 

Lo que empieza siendo la historia de Mati deja de pertenecerle por completo.

 

En algún punto, la instalación deja de hablar de ella.

 

Empieza a hablar de ti.

 

De lo que todavía cargas.
De lo que no terminaste de soltar.
De todo aquello que el cuerpo recuerda aunque la mente intente olvidar.

 

Y entonces aparece la pregunta más difícil.

 

¿Qué hacemos con lo que permanece?

 

Con las astillas.
Con los fantasmas.
Con los restos del amor.

 

Tal vez no se trata de olvidar.

 

Tal vez se trata de aprender a habitar lo que quedó.

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